viernes, 28 de septiembre de 2012

Luzbel -Luz.



La luz era cálida. Amarillenta, anaranjada, rojiza. Luz de amanecer. Mimosa, maternal.
Se reflectaba en los cristales creando una lluvia de colores, desparramándolos por la estancia.
Era otro día más en la gran inmensidad de la creación.

"Monótona creación de Dios. Aburrida creación del Santísimo Padre. ¡Alabado sea Dios y su gran jueguecito llamado Tierra con sus insignificantes hormiguitas llamadas seres humanos y su estúpidas normas repetitivas!"

La taza de porcelana, suave al tacto y pintada a mano en un color amarillento, irradiaba calor contra las yemas de sus dedos y la palma de su mano. Despedía nubes transparentes que subían delante de su rostro, oscilándose y desapareciendo. Dejando el olor a café en su nariz y en la habitación. Un olor fuerte y cremoso. Intenso, con carácter.

Cerró sus ojos azules con lentitud. Sintiendo el placer que le producía hacerlo. ¿Desde hacía cuanto que no dormía? ¿Cuándo había sido la última vez que había decidido descansar? Hizo memoria:

Ah... sí.

Ese día.

23 de mayo de 1430.

Juana de Arco fue capturada por los soldados Borgoñeses en Compiègne y entregada a los ingleses. Sí, recordó que sintió un sentimiento tan agradable que por eso había decidido otorgarse un sueñecito.

Se despertó a finales de 1485 descubriendo para su desagrado que la Inquisición Española había implantado el "Malleus Maleficarum" atacando violentamente a muchas mujeres sospechosas de practicar brujería. Perdió quince hijas en ese ataque psicópata de los seguidores de Dios. Para que luego le echen siempre la culpa a él... Lo bueno es que se enteró de que la maldita puta loca de Arco había muerto quemada en Ruan el 30 de mayo al año siguiente de verla irse con sus amigos los franceses, en 1431. Siempre odió a esa francesa chiflada.

Su piel se erizó suavemente, comenzando por la nuca y bajando por su espalda. Expandiéndose por sus brazos y su pecho. Como una ola de contagio. Un viento frío había entrado por la ventana, golpeando prácticamente de forma imperceptible su sensible piel.

Podía sentir los rayos del sol calentando progresivamente la habitación y su cuerpo. Abrió los ojos y observó el mundo. Ese maldito mundo. Su puta cárcel. Ese castigo divino. Enloquecedor. Simple. Insignificante. Repugnante y vicioso.

Podía oír con claridad desde su piso en el ático de aquel alto edificio en Nueva York que los humanos empezaban a despertar perezosamente. Reprimiendo sus bostezos y estirando sus miembros entumecidos y asquerosamente mortales. Si hubiese querido podría haber hecho callar a toda una manzana de aquella ciudad con chasquear los dedos, haciendo que los miles de ciudadanos cayesen fulminados al instante. Pero no lo hizo. Al igual que no lo hacía ninguna de las mañanas. Porque era ese conjunto de fragilidad, debilidad, repugnancia y simplicidad lo que le conmovía del ser humano.

Eran criaturas terriblemente insignificantes. Eran un virus. Un cáncer en la Tierra que se había propagado por cada órgano y que había decidido explotar al máximo el planeta. Eran una especie enfermiza y egocéntrica. Se creían únicos en el universo. ¿Únicos? ¡Já! Que no le hicieran reír. Que ignorantes. Que prepotencia la que irradiaba el ser humano desde que había podido erguirse sobre sus deformes y peludos pies.

Él les había visto crecer desde cerca y distaban mucho de ser perfectos. Eran imperfectos. De cuerpos defectuosos y con una fecha de caducidad terriblemente efímera. No eran ni un suspiro. Ni siquiera podían llegar a soñar con el apodo de "minúsculo gapo de Dios". No llegaban a ser ni un pensamiento. Ni medio. Ni un tercio.

Y ahí estaban. Se habían hecho dueños del mundo y había progresado, evolucionado, triunfado. Y ahí estaba él. Entre ellos. Desterrado, castigado... como un niño que hubiese metido los dedos en el pastel de frambuesa de su madre antes de tiempo estropeándolo para las visitas.

Se llevó la taza a los labios y bebió el cálido líquido del café. Sintió como éste bajaba por su garganta. Reconfortando su cuerpo. Él no necesitaba nada de eso. No necesitaba comer, ni beber. Pero si tenía que ser sincero era algo que le gustaba hacer de vez en cuando. La experiencia de sabores golpeando su cerebro celestial, chisporroteando en su lengua y quemándole el paladar era... increíble. Uno de los grandes placeres que encerraba aquella locura que era la Tierra. Esa y el sexo. El sexo era uno de sus pasatiempos favoritos y después de siglos y siglos practicándolo... no se cansaba. Bueno, pasó una época en la que comenzó a aburrirle terriblemente... a mediados del siglo XV pero con la llegada de 1700 todo había empezado a adquirir un nuevo grado más interesante.

Se dirigió al cuarto de baño. Algo innecesario para él. ¿El wáter? No era más que decoración. Igual que  un florero. No tenía necesidades fisiológicas. La única y última vez en la que había meado había sido en 1124 y había sido para mearse encima de la capa papal de Honorio II. Trastadas que a veces se le ocurrían. Como aquella vez que le dio por crear un terremoto en Shanxi (China) el 2 de mayo de 1568.

Tampoco necesitaba ducharse. No necesitaba en general asearse pero lo hacía. Simplemente por una palabra que explicaba la gran mayor parte de su actitud: Aburrimiento.

Satán simple y llanamente se aburría. Pero no en un sentido que el ser humano es capaz de entender. No. En un sentido incapaz de asimilar. Como entenderéis... desde el nacimiento de Adán y Eva había llovido un par de veces y él había caído a la Tierra antes de eso. Por lo que su estado de aburrimiento no solo era total y completo sino que de haber podido morir Satán habría muerto de aburrimiento mucho antes de que César conociese a Cleopatra en Alejandría. El aburrimiento era algo que se había convertido en una prolongación de él. Por eso hacía miles de cosas terriblemente innecesarias para él. ¿Por qué? Por hacer algo.

Satán llevaba aburrido desde que los dinosaurios habían desaparecido de la faz de la Tierra. La verdad era que los dinosaurios le gustaban más que los humanos. Ojalá hubiese podido guardarse un Triceratops. Seguramente su existencia ahora sería mucho más entretenida.

Abrió el agua de la ducha y dejó que ésta cayese encima de su cuerpo. Humedeciéndolo, mojándolo. Creando ríos transparentes de relieve sobre su piel.


Le habría gustado estar en el mar. Bañándose en el oscuro océano para poder sentir la vida que latía a kilómetros bajo la superficie. En la más completa obscuridad. Arrastrándose por el fondo marino, ciegos e ignorantes al caos que había sobre sus cabezas. Ignorantes de que era ni siquiera la luz.

Las gotas caían contínuas sobre su cabeza, mojando su cabello negro y rizado. Humedeciendo sus tupidas cejas y apelmazando sus pestañas. Recorrían su rostro de rasgos marcados y bellos y bajaban por su cuello con rapidez. Cruzaban su pecho musculoso y saltaban a su vientre para adentrarse en la sexualidad de su cuerpo y perderse en sus torneadas piernas hasta caer al suelo de mármol y perderse por la cañería. Gotas de agua afortunadas.

Al salir recogió una blanca, mullida y sedosa toalla para secarse desinteresadamente el cuerpo. Dejándola caer al suelo con un gesto perezoso de su mano de fuertes y largos dedos. Sus pies golpearon la piedra del suelo con seguridad hasta llegar al dormitorio.

Una estancia amplia. Con una gran cama de sábanas blancas, almohadas mullidas y olor a jazmín, lavanda y hierbabuena. Abrió el armario y observó las prendas de ropa que tenía allí almacenadas. La ropa no era algo a lo que él pudiera cogerle cariño. Las prendas se estropean y se vuelven rígidas y viejas perdiendo color y elegancia.

Eligió la ropa con tranquilidad. Tenía todo el maldito tiempo del mundo, siempre lo había tenido. Se enfundó la ropa interior y los vaqueros rojos, sintiendo la suavidad del tacto aquellos calzoncillos comparado con la aspereza de la otra prenda. Pasó el cinturón de cuero por cada anilla ocasionando un siseo en ellas por la fricción. Una camiseta negra y una chaqueta vaquera. Botas.


Sin duda el mundo occidental cuando piensa en el demonio moderno les llega a su mente a un hombre vestido con un traje negro y con dólares sobresaliéndole de los bolsillos. Pues bien. El traje se lo ponía, habitualmente, pero el dinero lo dejaba a buen recaudo en sus miles de bancos bajo sus miles de nombres falsos.

El sol se había alzado en el cielo un poco más desde la última vez que él lo había mirado. Miró la hora con tranquilidad, sin alterarse lo más mínimo. ¿Qué más da saber que hora es si tienes hasta el Final de los Tiempos?

Luzbel agarró la taza de café, ya frío y le dio un último trago. Lo dejó sobre el piano de cola del salón y sin más desapareció del piso.

MQ.

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