Luzbel levantó desinteresadamente su mirada azul hacia Eloise.
Eloise. Una mortal bella, bella si pasaba por alto todas las imperfecciones que era capaz de ver con solo mirarla de refilón. Una humana al fin y al cabo. No era la mujer mas bella que había conocido pero no era la mas horrible. Tenía un cuerpo cuidado y tenía una estatura por encima de la media que era común en las mujeres en esa época de la evolución humana.
No se molestó en levantarse de aquel sofá de cuero blanco, ni siquiera se molestó en mirar la fotografía que ella había puesto sobre la mesa de su escritorio. Con la espalda apoyada en el respaldo, una pierna cruzada sobre la otra con el tobillo de una pierna apoyado en la rodilla de la otra.
-Está bien-contestó con simpleza.
-¿Bien? ¿Sólo bien?-ella enarcó sus cejas rubias- Está más que bien. Es sexy-aclaró mirándo de nuevo la fotografía.
Sexy. Un término relativamente nuevo en la lengua humana. Luzbel dudaba que una fotografía pudiera llegar a ser "sexy". Sexy es a quien le hacen la fotografía. Sexy es el conjunto de colores reflejados. Pero una imagen impresa en un papel no podía llegar a ser sexy.
Aún así había aprendido que era mejor adecuarse al vocabulario de cada generación. A sus costumbres... para poder "sobrevivir" dentro de la comunidad que el ser humano se esfuerza por crear una y otra vez a lo largo de los años.
-Si tu lo dices-observó como la luz entraba por la ventana en lentos chorros de color amarillento. Una luz cálida de principio de mañana. Una luz luminosa que calentaba y que creaba sombras marrones tras los objetos.
-Sí, lo digo yo. Y yo digo que esta portada es sexy. Ya puedo imaginarme el soponcio que les va a dar a tus seguidoras más acérrimas...-ella siguió exponiéndo su chorreante discurso.
Luzbel simplemente dejó de escucharla. Con el paso del tiempo -de los siglos- había aprendido que no todo lo que salía de la boca de aquellos seres vivos, llamados humanos, era interesante. Escucharles de contínuo era sin duda no solo una perdida de tiempo sino aburrido.
Acarició la textura del cuero descolorido por tóxicos con la yema de sus dedos. Lo sintió áspero, rudo pero reconfortante. Podía sentir también el calor que iba aumentando a medida que la mañana seguía y las ventanas dejaban entrar los rayos de sol sin pudor ni preocupación. Podía oír como la pintura de las paredes se resquebrajaba microscópicamente con el paso de los segundos y también podía escuchar como se estaba formando una gotera en el baño del final del pasillo de aquella planta.
-¿No te gusta?
La voz de Eloise le sacó de su ensoñación momentánea. La miró. Ella le observaba con el ceño levemente fruncido.
-¿Sabes lo que me gustaría?-la dijo con voz grave y alzando su mano hacia ella, invitándola a acercarse.
Ella sonrió y se acercó acompañada por el sonido de sus tacones. Le cogió de la mano. Luzbel pudo sentir como la piel caliente de los dedos de ella se deslizaba en su palma. Estrecho suavemente sus dedos alrededor de la muñeca de ella. Descruzó las piernas y tiró de ella hacía sí para que se sentara sobre sus rodillas. Sin dejar de observarla fijamente.
-¿Qué?-sonrió Eloise sentándose a hojacarras sobre las piernas de Clause.
Luzbel sonrió y se inclinó hacia delante para atrapar los labios de ella con su boca, cerrándo los ojos. Eloise correspondió inmediatamente. Lucifer pudo oler la excitación de ella, sentir como el cuerpo de aquella mortal se calentaba. Podía saborear la saliva de aquella mujer. Menta, dentífrico y carne humana. Podía saborear el lapiz de labios que tenía, incluso podía saber que hacia tres horas se había fumado un cigarro y había tomado un café solo.
Llevo sus manos a los muslos de ella, recubiertos por el áspero tacto del vaquero apretado que vestía. Después de tantos siglos, Luzbel aún echaba de menos las finas y facilmente prescindibles prendas de los años antes del nacimiento del hippi y afeminado hijo de Dios. Los pantalones, en su opinión, para las mujeres no eran nada más que un estorbo. No había nada, a su parecer, más hermoso que unas piernas desnudas de mujer y una falda corta y frágil.
Sí, estaba chapado a la antigua. Hablamos de Lucifer, ¿recordais?
Ella suspiró cuando las manos de Clause desabrocharon el botón de sus pantalones y bajo la bragueta.
-¿Dónde han ido a parar tus faldas?-preguntó Luzbel sensualmente contra la oreja de la mortal.
-No tenía ninguna a mano-se estremeció de anticipación ella.
-Si no tienes faldas vente desnuda-propuso él colándo sus manos grandes y de largos dedos por dentro del vaquero, consiguiendo al fin tocar las nalgas de su manager.
Eloise le agarró de la nuca y cerró los ojos. Lucifer la miró mientras con sus dedos acariciaba la piel caliente y suave que era el trasero de ella. Subió sus manos lentamente hacia arriba y agarró el borde de la camiseta de tirantes de ella. Rozando con las palmas fue subiendola mientras acariciaba la piel de los costados de ella para finalmente desechar la prenda en el suelo del despacho.
-No pantalones-repitió Luzbel empujándola hacia atrás para que se levantara.
-No pantalones-dijo levantandose y quitándose los vaqueros. Los empujó con el pie hacia atrás.
El sonido de la tela contra el suelo golpeó los oídos de Luzbel, chirriante, siseante. Sonrió. Eloise se mordió el labio y volvió a estar encima de él en un instante. La lengua del angel caído lamió el cuello de la mortal degustando el sabor del perfume, el sudor, el tiempo, la suciedad de la ciudad y la carne humana. Ella se estremeció y agarró la camiseta negra que llevaba su cantante y se la quitó sin más preámbulos.
Ah, los humanos. Tan bastos. Tan salvajes. Tan primitivos. Sonrió encantado. Tenían su encanto aquellas diminutas criaturillas.
Se giró lentamente y la empujó contra el sofá, tumbándola. Ella apresuró sus manos y desabrochó el pantalón de él. Satán bajo sus labios por el vientre suave y femenino de la humana, pudiendo sentir las palpitaciones calientes de las entrañas excitadas de ella. Deslizó sus dedos por el borde de la ropa interior y tiro de esta hacia abajo. El sonido de las bragas de su manager contra el suelo fue mas satisfactorio que oír como habían caído sus vaqueros.
El pecado siempre sonada a ropa contra el asfalto.
M.Q

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